Hermas Culzoni – Una Vida Espírita
Dante López Presidente de la Confederación Espírita Panamericana

Nacer, vivir y desencarnar como espírita, así se podría definir este tramo del espíritu que acabamos de despedir de este plano y que conocimos como Hermas Culzoni. Vivió y partió consciente de los principios espíritas, los puso en práctica en sus momentos de dificultades personales y familiares, y  también en sus momentos de holgura y alegría. Cometió errores y supo pedir disculpas. Era absolutamente humano, con falencias y virtudes.

Formó con Milta una familia bajo los principios de esta doctrina y sus seis hijos, todos espíritas, comparten este conocimiento a su vez con sus cónyuges trabajando en el centro espírita y por consiguiente compartiéndolo con sus propios hijos, los 21 nietos de Hermas.

Trabajó desde muy joven en la Sociedad Espiritismo Verdadero integrando la Agrupación Juvenil y los cuadros Directivos, dando conferencias públicas con didácticas láminas que él mismo dibujaba. Transmitió la Doctrina Espírita con una alegría y una convicción admirables. Fue un gran estimulador de los jóvenes, a los que acompañó en viajes por el país y el exterior, transmitiéndoles su alegría y entusiasmo.

En lo personal era de un trato amigable y alegre, haciendo frecuentemente bromas y manejando una sutil ironía que muchas veces usaba para decir cosas sin herir. En la difusión del conocimiento espírita viajó por América y por el mundo. Su entusiasmo lo llevó a trabajar en CEPA por muchos años, presidiéndola por cinco períodos consecutivos. Tuvo protagonismo en una etapa de la CEPA donde no había muchas personas en condiciones de asumir responsabilidades conductivas. Escribió muchos artículos y también publicó con sus propios recursos varios ensayos en forma de libro que merecen ser leídos con detenimiento.  Le gustaba mucho viajar y relacionarse con la gente, con la que conversaba animadamente. Su energía parecía inagotable.

Estuvo internado durante más de un mes y medio después del infarto, los médicos le impedían volver a su casa por la gravedad de su estado, pero se las arregló para tener conversaciones trascendentes con cada uno de sus hijos, nietos y amigos. En las dos veces que pude hablar con él cerré el círculo. La primera vez estaba muy sensible, todavía en terapia Intensiva pero dando muestras de entereza y alegría, presintiendo la gravedad de su situación. En la segunda oportunidad me dijo: Lástima que no pude escribir un último libro, lo hubiera titulado: “La Muerte de un Espírita”. Faltaba una semana para su desencarnación, ya casi sin aliento, alimentándose con suero pero con los ojos vivaces y lúcidos me acercó el oído a su boca y me susurró: “Desencarnación consciente…”.Abracé a este hombre que tuvo tanta importancia en mi vida y  con un abrazo le dije: “Gracias, Hermas, te quiero mucho!”.

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