César Lombroso
Nacimiento: 6 de no¬viembre de 1835, en Verana, (Italia).
Muerte: 19 de octubre de 1909, en Turín.
Nacionalidad: Italiano
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César Lombroso nació en Verana, Italia, el 6 de no­viembre de 1835, descendiente, por el lado paterno, de judíos españoles expulsados de su patria por los Reyes Católicos en 1492. Tanto en sus estudios primarios como secundarios, dio muestras de aplicación y amor al saber, re­velando una inteligencia precoz. En 1858 se graduó de médico en la Real Universidad de Pavia y posteriormente realizó es­tudios de especialización en psiquiatría en la Universidad de Viena, 'Austria,   y de cirugía en la Universidad de Génova. En 1859 se alistó como médico del Cuer­po de Salud Militar en la guerra contra Austria.
Desde su adolescencia se manifestó su vocación para las letras, y continuamen­te sorprendía con escritos médicos, monografías, relatos históricos y sociales. A partir de 1862 pasó a ejercer el magistrado en la Universidad de Pavia, en las cátedras de antropología, medicina legal y psiquiatría. En 1905 creó el célebre Museo de Antropología Cri­minal que llegó a convertirse en la más alta referen­cia mundial en esa especialidad y sitio obligado de visita para estudiantes y profesores de todo el mundo. Sus investigacio­nes abrieron novedosos caminos para la comprensión de las enfer­medades mentales y trastornos de la personalidad y de la conduc­ta, vinculados especialmente con el delito. En su obra El Hombre Delincuente, publicada en Milán en 1876, considera al criminal y al delito mismo como un producto atávico, herencia de etapas evoluti­vas inferiores y por eso, exige que el delincuente sea reconocido como un enfermo, a quien, en lugar de castigo, debe dársele trata­miento adecuado y ser colocado en lugares donde no puede cau­sar daño.
Gracias a sus teorías, se adelantaron reformas en la justicia penal imperante en países europeos y americanos y se humanizó el tratamiento a los enfermos mentales y a los delincuentes. La nota distintiva del método lombrosiano fue la rigurosa observación de la vida en sus complejas interacciones, la afirmación de que los he­chos, directamente y bien estudiados, constituyen la base firme e inquebrantable sobre la cual se asienta la Ciencia. Por todo ello, la historia le reconoce como una figura fundamental de la psiquiatría y las ciencias jurídicas así como el padre de la Antropología Criminal.
La marcha de Lombroso hacia el Espiritismo fue lenta y áspera. En su opúsculo Estudio sobre el hipnotismo (Turín, 1882) ridiculiza­ba las manifestaciones psíquicas, llegando -en sus propias pala­bras- "hasta insultar a los espiritistas". Se burlaba del fenómeno de las "mesas parlantes" extrañándose de que personas de mente sana se pudiesen prestar a tanta charlatanería. Ya en 1888 publicaba un trabajo titulado: La influencia de la civilización sobre el genio, en el cual se mostraba menos intransigente. Decía: "Quien sabe si yo y mis amigos que nos reímos del Espiritismo no estaremos equivoca­dos". El momento crucial llegó en agosto de ese año cuando el muy respetado intelectual italiano Ercole Chiaia, le dirige una carta pú­blica en el periódico Fanfulla della Domenica, y le informa acerca de una "sensitiva" muy especial con quien se producían los más extraños fenómenos y le invita, en un desafío cortés, a presenciar­los para comprobarlos o negarlos. Se refería a una napolitana analfabeta, de humilde condición social, llamada Eusapia Paladino. Chiaia aceptaba que el encuentro se diese en cualquier ciudad en cualquier lugar y le concedía plena libertad para que realizase las experiencias con toda suerte de controles. "Mejores condiciones -decía- no se podrían ofrecer ni a los caballeros de la Mesa Redonda".
Lombroso rechazó la invitación, alegan­do que su condición de científico no le per­mitía asistir a trucos de prestidigitación. Sólo fue tres años después, encontrándose de visita en Ñapóles, cuando varios de sus amigos le contaron acerca de las, sorprendentes manifestaciones producidas por Eusapia. Habiendo siempre luchado por la Verdad, y aguijoneado en su amor propio finalmente acepta la invitación, pero impo­ne estas condiciones: "No acepto sesiones en la oscuridad, ni sesiones públicas, las ex­periencias han de realizarse a la luz del día y en mi cuarto, en el hotel donde me hospedo, el día y a la hora que yo establezca". Las sesiones ocurrieron en marzo de 1891, bajo todas las condi­ciones por él impuestas. Allí ocurrieron diversas mani­festaciones mediúmnicas de efectos físicos, tales como rui­dos, raps y levitaciones de objetos.
A partir de ese momento, decidió Lombroso realizar una nueva serie de experimentos y para ello invitó a un grupo de profesores ilustres, todos ellos escépticos, a que presenciaran los fenómenos. En esas memorables sesiones se repitieron los efectos físicos y se produjeron extraordinarias manifestaciones ectoplásmicas, con materializaciones parciales o totales de los espíritus. Con la honra­dez que le distinguía, escribió Lombroso en la Tribuna Giudiziaria: "Estoy realmente avergonzado de haber combatido con tanta tena­cidad la posibilidad de los fenómenos llamados espiritistas...". La sinceridad de esa confesión, era el primer testimonio de su impar­cialidad. La Verdad, para él, estaría siempre por encima de su pro­pia persona. Gracias a la confesión de Lombroso, una Comisión de ilustres científicos italianos se reunió en Milán para realizar sesio­nes con Eusapia (diecisiete en total) y concluyeron en un formida­ble documento que reconocía la autenticidad de los hechos mediúmnicos.
En 1902, Lombroso vive la dramática y emocionada experiencia de observar al espíritu materializado de su madre ya desencarnada, quien le habla con ternura y con expresiones dialectales absoluta­mente desconocidas por la médium. La evolución de su pensamiento, pasando progresivamente del más cerrado escepticismo al recono­cimiento del Espiritismo es uno de los más hermosos capítulos en la historia del Espiritismo y es una verdadera lección para muchos que, pontificando en nombre de la ciencia, se niegan al examen de los hechos psíquicos y mediúmnicos.
El 19 de octubre de 1909 desencarnó en Turín, el ilustre Maes­tro. Tres meses después apareció póstumamente su obra Hipnotis­mo y Espiritismo, testimonio de sus convicciones y del proceso evo­lutivo que le llevó, ciencia por delante, del materialismo al Espiritis­mo.


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